Curar la Patria, Curar el Mundo

 por María Laura Gomez

En los últimos tiempos nos hemos vuelto muy hábiles para describir las crisis que atravesamos. Nombramos la desigualdad, la fragmentación social, el deterioro ambiental, la pérdida de sentido y tantos otros dolores y tragedias que nos aquejan. Sin embargo, muchas veces quedamos detenidos en el diagnóstico con la dificultad de dar un paso más: asumir la tarea.

Hoy quisiera proponer una palabra poco frecuente en el lenguaje político, pero profundamente necesaria: curar.
Curar la Patria. Curar el mundo.

No como un gesto ingenuo ni como un repliegue individual, sino como una tarea histórica, colectiva y profundamente política. 

Las crisis de nuestro tiempo tienen un núcleo común: la ruptura de los vínculos que sostienen la vida. Vínculos con nosotros mismos, con los otros, con las comunidades, con la tierra que habitamos. Allí donde el lazo se quiebra, aparece el descarte; donde se rompe la relación, emergen la violencia o la indiferencia.

Curar no es olvidar ni negar el conflicto. Sino que nos llama a hacernos cargo de las heridas, mirarlas de frente y asumir la responsabilidad de recomponer lo dañado. No promete soluciones inmediatas, pero abre caminos y crea condiciones para que lo nuevo pueda nacer sin repetir las lógicas que nos trajeron hasta aquí.

            Curar la Patria es también curar la política, devolverle su sentido más noble: la construcción del bien común. Como señalaba Francisco, “para construir una sociedad sana, inclusiva, justa y pacífica, debemos hacerlo sobre la roca del bien común. El bien común es una roca. Y esto es tarea de todos nosotros, no solo de algún especialista.” Desde esta perspectiva, curar implica comprometerse.

No hay Patria sin pueblo, ni pueblo sin vínculos vivos. Por eso, la sanación puede comenzar en lo concreto: en la relación con uno mismo, restaurando dignidad y sentido; en la relación con los otros, aprendiendo el reconocimiento y la empatía; en la relación con la comunidad y el propio suelo, comprometiéndonos con prácticas de cuidado, participación y organización colectiva.

Este camino se teje desde abajo, desde las periferias, desde experiencias muchas veces invisibles que ya están cuidando la vida. Cuando esas prácticas se encuentran y se articulan, la diversidad deja de fragmentar y comienza a construir unidad. Es una tarea abierta, artesanal, siempre inacabada. Una tarea que nos excede, pero que también nos convoca.Tal vez hoy el desafío sea reconocer que existen gérmenes de esperanza, encontrarnos, dialogar y animarnos a cuidar los vínculos que sostienen la vida; asumiendo, junto a otros, la responsabilidad de volver a habitar lo común con esperanza.


____________________________________________________________

Si curar la Patria y curar el mundo es una tarea que no se delega, entonces también es una tarea que no se hace en soledad. Necesita espacios de encuentro, de escucha y de reconocimiento mutuo. Espacios donde las experiencias que ya están cuidando la vida puedan verse, nombrarse y ponerse en relación.

En ese horizonte se inscribe la invitación al conversatorio Curar la Patria, curar el mundo: no como un punto de llegada, sino como un umbral. Un tiempo y un lugar para encontrarnos, compartir prácticas, reconocer diferencias y comenzar a tejer, desde la diversidad, un nosotros más amplio. Porque la sanación de lo común empieza cuando dejamos de hablar sobre el mundo y empezamos a habitarlo juntos.

Tal vez hoy el desafío no sea inventar nuevos discursos, sino animarnos a cuidar los vínculos que sostienen la vida y asumir, junto a otros, la responsabilidad de volver a habitar lo común con esperanza.




Comentarios

Entradas populares de este blog

Un Mapa de Esperanza para el Proceso de Liberación Latinoamericano

Un Llamado a Inventar Nuevos Caminos